Jude

Aquí la evidencia

En una ocasión fuimos a un bar para charlar de cosas banales. Las cervezas se consumieron e igualmente lo hizo el tiempo, así que una vez borrachos al rededor de la 1 am era hora de ir casa, claro, no sin antes experimentar por primera vez el sentimiento más extraño jamás visto.

Al salir del bar, mis 3 compañeros de copas y yo nos quedamos quietos, pálidos, gélidos, con la boca abierta e incapaces de pronunciar palabra. Frente a nosotros tres locales habían sido pintados con las estrellas de David y la palabra “Jude” (judío) se podía leer. Alguien tartamudeó, preguntó si lo que que estaba viendo era real, otro más respondió que si era lo mismo que él estaba viendo seguramente así lo era. Yo seguía callada e intentaba buscar mi celular en el bolso mientras un tercero decía que tal vez habíamos viajado en el pasado cuando nos sentamos en la mesa del bar o que simplemente el pasado viajó por medio de los idiotas y estamos por vivir una segunda vuelta.

Sin ser judíos estábamos ahí, al borde del llanto y tapando con la mano la tan abierta boca, estábamos en el lugar equivocado, además éramos la gente equivocada para esta clase de eventos nazi y fue cuando el miedo empezó a recorrer la espina dorsal. ¿Caminar? ¿Correr? Pero, ¡moriríamos si hay un grupo de neonazis organizados capaces de escribir “Jude” en los locales!

La borrachera había sido parcialmente remplazada con el horror, pero aún así lo que nuestros sentidos nos mostraban era real, era hora de tomar decisiones. Decidimos hablar y ante el fallo de Matrix que se nos presentaba, la opción más lógica era volver al bar e intentar empezar de nuevo, porque en caso de que el bar fuera una máquina del tiempo nos transportaría a nuestros días.

Nos armamos de valor y decidimos salir de nuevo después de la segunda cerveza, íbamos a ir los cuatro juntos, teníamos que ser valientes e íbamos a permanecer juntos, tomar fotos para que el mundo se enterara de lo que habíamos presenciado, juntos a llegar a casa y hacer un escándalo en redes sociales. Salimos, tomamos fotos y nos dirigimos a la esquina para llegar a la parada del tram. Era un callejón oscuro con unas escaleras al fondo para subir a la estación. Nosotros estábamos juntos, temblando pero decididos porque no nos iba a detener ese grupo de hombres vestidos de negro al lado de una furgoneta. ¡Ajá! Eran los neonazis, vi que uno era calvo y agaché la cabeza mientras me preparaba para recibir una paliza, rogaba por no orinarme. Caminamos a su dirección para llegar a las escaleras, nos miraban raro por supuesto pero los primeros no nos hicieron daño, tal vez esperaban para rodearnos o atacarnos por la espalda, tal vez nos habían aceptado como no peligrosos, no lo creía… De repente vimos a dos tipos metiendo un sillón de salón en la furgoneta, ¿desalojos? Pero, ¿cómo se atreven? ¿Dónde está la policía? ¿Son los nazis la policía?

Volvimos y como siempre, el camarero torció los ojos, parecía más molesto que preocupado. ¡Claro! ¡Claro que lo sabía! Nos trajo una ronda más de cervezas y empezamos a trabajar en hipótesis y maneras de afrontar a los nazis de afuera. ¡Nunca creímos que en nuestras vidas tendríamos que pasar esa situación!pero ahí estábamos y sobretodo, sí habíamos estudiado y algo debimos haber aprendido de “Bastardos sin gloria” o “Ha vuelto”. La verdad es que nada sirvió, estábamos simplemente molestos por la situación y sin herramientas para enfrontarla y lo peor, al rededor la gente no parecía inmutarse.

Dimos dos pasos más y quedamos de nuevo pálidos, gélidos y con la boca abierta. Recuerdo ver unas luces, sí, luces, de grabación, también micrófonos. Habían adaptado la calle para rodar una película de la segunda guerra mundial y los nazis no eran nada más que el staff. Duramos muertos de los nervios 2 horas y por primera vez sentí haber merecido la mirada del camarero del bar, ¡claro que sabía! ¡Sabía lo de la película! Y un grupo de cuatro borrachos actuando extraño había ido al bar dos veces en la noche, ¡qué turno tan de mierda! Y ¡qué risas nos pegamos después!

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